Daniel era un joven judío muy inteligente, sabio, de buen parecer, que fue reclutado a ser sirviente en el reino de Babilonia, que tenía cautivo a Israel, donde iba a ser entrenado y enseñado en las culturas de ellos. Allí obligaron a muchos jóvenes también a someterse a las reglas de Babilonia, pero Daniel no quiso y negoció con las autoridades. Les propuso no comer de su comida asegurando que iba a ser fuerte y saludable, más que los demás. Por esto, Dios le concedió conocimiento e inteligencia en todas las letras y ciencias y se comenzó a destacar de entre todos los jóvenes. Pasado el tiempo, Daniel tuvo grandes oportunidades para ser de ayuda al rey, porque Dios le reveló el significado de los sueños que el rey tuvo, descubriendo un misterio que nadie había podido descubrir. Así adquirió una posición de relevancia dentro del reino de Nabucodonosor. Tal fue su sabiduría intelectual y espiritual, que el rey lo consideraba 10 veces mejor que los demás.

Reflexiona:

El mundo relativo de hoy en día, necesita de personas con opiniones firmes, objetivas, claras y cimentadas en la Palabra de Dios, siendo voceros sabios e inteligentes, con criterio y capacidad de analizar y expresarse con autoridad, y que por medio de su Espíritu Santo, sean capaces de responder con sabiduría irresistible con respecto a temas de suma importancia. Jóvenes como Daniel, que no se dejan llevar por la corriente, si no que se dirigen por convicciones, marcan la pauta y trazan caminos por los que otros no se atreverían a pasar. Una vez que tracemos esa línea, Dios se encargará del resto. Procuremos ser íntegros en nuestras vidas. Podemos ser radicales, y debemos serlo, si queremos ver un cambio en nuestra generación frágil y con falta de identidad.

Una pregunta clave:
¿Crees que tus convicciones son lo suficientemente fuertes como
para luchar por ellas?