La historia del pequeño pastor enfrentando al gigante siempre nos va a enseñar acerca de nuestro carácter y fe en Dios. Una identidad tan clara como la que él mantenía, le dio autoridad y firmeza en una situación crítica, y no sólo eso, si no en una situación donde marcó la pauta, cuando todas las demás personas mostraron conformismo, falta de conocimiento y de capacidad, y abundancia de dudas y temores.

Es interesante notar que en el contexto en el que se da la situación, David no se encuentra involucrado. Él no posee ninguna responsabilidad en el enfrentamiento con el gigante, pero su corazón no soportó observar que ninguno quiso asumirla. Una voz estruendosa enemiga pretendía burlarse de sus hermanos israelitas, atemorizarlos y finalmente destruirlos. Él, como todos, captó el peligro, pero a diferencia de los demás, hizo algo al respecto.

Reflexiona:

¿Qué características hay en David que marcaron la diferencia, de manera que sólo él pudo enfrentarse ante Goliat? Sin duda, era valiente, a pesar de no ser físicamente muy apto para la hazaña. Además, tomó la iniciativa. Nadie le pidió que tomara el control de la situación, sino que por su propia voluntad desarrolló su plan. Podemos también decir que fue firme y con convicción, porque nada lo hizo titubear ni dudar de su reacción ni de su decisión. Podríamos notar muchos atributos de David que lo impulsaran a pelear como lo hizo, pero ninguna se compara con la clara identidad que manifestó. Sabía claramente quién era él. Sus palabras fueron claras al gigante: “Tu vienes a mí con espada y lanza y jabalina, mas yo vengo a tí en el nombre de Jehová de los ejércitos”.

Una pregunta clave:

¿Te atreverías a ponerte al frente de batalla cuando nadie más tiene el valor de hacerlo? ¿Por qué razón lo harías?